María Luisa Etchart (Desde Costa Rica. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)
En algunos de los idiomas modernos el verbo “ser” y “estar” es uno sólo, como por ejemplo en inglés y francés (to be y être) mientras que en castellano se separan para distinguir entre lo que es (intrínsecamente) y lo que está (temporalmente). No siendo una lingüista, no puedo explicar los motivos por los que existe esta diferencia.
Acudo al famoso “to be or not to be” de Hamlet, que tan bien expresó Shakespeare. Allí la disyuntiva es “si es más más noble soportar en la mente las hondas y flechas del atroz destino, o tomar armas contra un mar de problemas y, oponiéndose a ellos, terminarlos”. En este caso, habría también una disyuntiva: la de sufrir casi permanentemente o ejecutar una acción buscando una solución.
De pronto, me encuentro enfrentada al verbo que es de un solo significado en todos los idiomas: TENER. Y me sorprendo al ver que, en realidad, persiste la disyuntiva: se puede tener calor, hambre, fiebre, miedo, curiosidad, pero esto no significaría algo permanente, sino transitorio. Pero también este verbo tiene un significado al que el ser humano le ha dado una connotación más perdurable: tener, poseer, ser dueño de, etc.
Es allí hacia donde ahora me dirijo, hacia el tener como si fuera casi un valor absoluto: Bill Gates tiene x millones de dólares, Estados Unidos tiene unas fuerzas armadas de x hombres, los William Alzaga tienen varias estancias que suman miles de hectáreas, muchas de las “estrellas” de Hollywood tienen varias residencias suntuosas y el señor XX, ése que vive en esa mansión, tiene propiedades innumerables, lo que lo convierte en un señor muy importante.
En este punto me surge un pensamiento increíble de Jiddu Krishnamurti: “La acumulación trae dolor”, o un versículo del Bhagavad Gita: “Tu único motivo para trabajar es poner a otros en el camino del deber”. Nuevamente, el contraste. No puedo evitar que, cada vez en forma más acuciante necesite comprender el alcance de “tener” y su relación con lo que realmente somos, habitantes mortales de un planeta donde conviven elementos naturales, que nadie fabricó, sino que estaban allí (supuestamente para todos), como la tierra, el agua, los miles de especies vegetales y animales.
Sin embargo, cada vez en forma creciente se nos va inculcando la importancia, la casi necesidad de “tener”, de poseer como si fuera una condición necesaria para ser, para disfrutar, para vivir en armonía. En cierta parte de mi vida, me trasladé con mi compañero y una hija recién nacida a un lugar de la selva misionera. El gobierno te “daba no en posesión pero sí para ser usadas” 25 hectáreas de terreno, con la única condición que la trabajaras, la hicieras producir. Confieso que jamás había trabajado la tierra, pero la posibilidad de aprender a hacerlo, de vivir una vida totalmente distinta a la que conocía, sin contar con luz eléctrica, ni agua corriente, con distantes vecinos de origen indígena, y rodeada de una naturaleza de una exhuberancia asombrosa, hizo que persuadiera a mi compañero de que debíamos intentarlo. 25 hectáreas, en terreno de colinas, caminos de tierra roja y piedras, con un bellísimo arroyito que pasaba por allí y a unos 1000 metros del Río Paraná, con pesca abundante y peñascos maravillosos, que daban el nombre al lugar: Teyú-Cuaré (Cueva del Lagarto) porque la leyenda decía que en esos peñascos estaba la entrada de la cueva de un gigantesco lagarto que ingresaba por allí y pasaba por un túnel debajo del río para emerger del otro lado, en territorio paraguayo.
Nos llevó muchísimo tiempo recorrer esas hectáreas palmo a palmo, como para conocerlas. Por eso me resulta ridículo pensar que un señor con suficientes billetes puede comprar miles de hectáreas y creer que las posee. La relación con la tierra, con la naturaleza es lenta, de respeto mutuo, de acariciarla con tus manos mientras plantas, de cuidar cada plantita con amor, de descubrir cada día una nueva especie vegetal o animal y aprender de los nativos sus usos y costumbres, sus propiedades medicinales, no es recorrerla en un vehículo 4 x 4 sólo calculando cómo podrás hacer que te produzca dinero con el esfuerzo ajeno a quien pagarás lo menos posible y reemplazarás por gigantescas maquinarias sin el menor sentimiento de amor y admiración hacia ella.
Una mañana apareció por el camino que venía del pueblo más cercano un anciano con un pequeño bolso de mano. Se llamaba Patricio Franco, y había vivido allí hacía muchos años, antes de marcharse hacia la Capital llevado por uno de sus hijos que allí vivía. Había llegado a pedirnos si podía vivir con nosotros, ayudarnos e instruirnos en los secretos del lugar. No quería dinero, sólo nuestra compañía y que le permitiéramos reencontrarse con el lugar que tanto amaba.
El me enseñó a plantar, a fabricar carbón, a cómo curar las picaduras de tantos insectos, y, lo que jamás olvidaré, a cómo relacionarme con las serpientes. “Puedes,” –me dijo- ir siempre con un machete en la mano y decapitar a cualquier serpiente que se te presente, o puedes mandarles un mensaje mental diciéndole que te respete, porque estás dispuesta a dejarla pasar y respetarla. De acuerdo a mi naturaleza, elegí por supuesto esta última opción y creo no haberme cruzado con menos de 500 serpientes venenosas durante los años que allí estuvimos sin que jamás ni una sola pretendiera atacarme a mí o a mis hijitos.
Así pasaron unos pocos años, en que nacieron dos hijos más, años que fueron de increíble aprendizaje sobre la vida, la naturaleza, las relaciones humanas basadas en la cooperacion, la aceptación de la muerte y de los fenómenos naturales que me enseñaron los queridos guaraníes y miles de experiencias que creo me enriquecieron como ser humano.
El retorno de Perón con su incomprensible escolta de la estúpida Isabelita y el brujo (que sin duda era agente de la CIA) fue cambiando todo. Un par de diputados peronistas comenzaron a apoderarse de las tierras, a hacer talar cuanto árbol había para la siembra de productos con químicos, que fue un predecesor de las actuales siembras de soja, la permanente presencia de Gendarmería acosándonos como si fuéramos terroristas, nos fue desalentando y terminamos, luego de cinco años, por marcharnos luego de haber podido construir una hermosa casa con lajas rosadas extraídas de la montaña y usando la tierra roja como arcilla unidora y la paja brava para fabricar un techo absolutamente resistente a las abundantes lluvias.
Ahora que ese modelo se ha impuesto como norma, que las tierras son poseídas por seres codiciosos e inescrupulosos a quien sólo conmueve el mantra “one million dollars” creo que es hora que nos preguntemos sobre el significado de “tener”.
Para donde miremos veremos seres que tienen la fiebre de la acumulación, de la posesión, como si jamás pensaran que no tendrán adónde llevarse todo lo que reúnan al morir, y se auto-justificaran en su egoísmo rapaz mientras los idiotas útiles los miran hasta con envidia, deseando secretamente poder llegar ellos también a “tener mucho”, no a ser mejores personas.
Lamentablemente, las nuevas generaciones se ven bombardeadas de estos mensajes desde el vamos. Los programas de estudio no incluyen preguntas fundamentales, no hay lugar para los cuestionamientos al modelo, sólo hay que agachar la cabeza, tratar de obtener títulos y lanzarse luego a inmolarse al mercado sin tener la posibilidad de pensar, de elegir, de dudar sobre los valores que se les inculcan
Todo se mide por lo que “tienes”, aunque eso sí es una utopía pues nada tienes, salvo tu propio ser y la posibilidad de ser cada día mejor para ti y para el todo. Para describir a una persona actualmente se dice: “ES (profesión), TIENE (propiedades o dinero o riquezas de algún tipo), TIENE tal número de HIJOS (como si los hijos fueran objetos de propiedad de alguien en vez de maravillosos seres únicos con derecho a elegir su vida)”.
Por eso, aconsejo recurrir al idioma y volver a analizar qué es SER, qué es ESTAR, qué es TENER.
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Etiquetas: María Luisa Etchart, Reflexiones
1 comentario:
Gracias, Cristina, por publicar esta reflexión. Lecturas como estas son las que nos abren los ojos y nos traen a la realidad.
Además me hizo pensar en la infancia de mis viejos. Ellos son de Misiones y trabajaron la tierra, cosechando té, para los "propietarios" de la tierra.
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